El peligro de convertir la geopolítica en “Guerra Santa”
El reciente conflicto de Israel y Estados Unidos en contra de Irán, no solo es una crisis militar más en Oriente Medio; es también una especie de espejo donde se reflejan viejas narrativas, miedos y simplificaciones que en pleno siglo XXI, siguen moldeando la política internacional.
En la historia hay palabras que no desaparecen del todo. Solo esperan el momento preciso para regresar, tal es el caso del significado de la palabra “Cruzada”. Aunque en la actualidad esta palabra no forma parte de los comunicados oficiales que se han emitido en este conflicto, su significado, está implícito en el lenguaje, en los discursos, en que ambas partes se refieren al enemigo.
Cuando observamos el enfrentamiento entre Israel y Estados Unidos, quienes se presentan como defensores de los principios y valores de “la civilización occidental” y por la otra parte Irán y sus aliados (Hezbolah en el sur del Líbano y los Huties en Yemen), quienes asumen los principios y valores de “la civilización Islámica”. Surge, como consecuencia, la pregunta: ¿estamos viendo una guerra estratégica o el resurgimiento de la lógica de cruzada en pleno siglo XXI?
Hoy, resulta muy obvio observar paralelismos discursivos. Cuando revisamos la historia universal, nos encontramos que en los siglos XI y XIII, se produjeron las llamadas Cruzadas, enfrentamientos bélicos entre cristianos y musulmanes, las cuales fueron justificadas como luchas sagradas, inevitables y existenciales. Al analizar lo que ocurre hoy en el Medio Oriente, encontramos que existen argumentaciones algo similares.
Si analizamos el llamado del papa Urbano II en el año 1095 vemos que no solo apelaba a la fe cristiana, sino también a una narrativa de amenaza existencial: del “otro” (los musulmanes), los cuales, no solo ocupaban los territorios santos del cristianismo, sino que representaba un peligro para la existencia de toda la cristiandad. Sin embargo, detrás de ese lenguaje religioso también se escondían intereses muy concretos: control de rutas comerciales, territorios estratégicos y legitimidad política de Europa.
En la actual situación, el llamado al conflicto no proviene del Vaticano, ni siquiera de Europa, sino de una parte de los herederos de la civilización judeo-cristiana. Para algunos analistas, las posiciones asumidas por los actores en conflicto recuerdan peligrosamente a las Cruzadas Medievales, Sin embargo, es relevante señalar, que, en teoría, el actual conflicto tiene menos que ver con religión que con otros aspectos como:
• El control regional del poder en Oriente Medio y la influencia en la geopolítica global,
• La seguridad y estabilidad energética global (particularmente en el transito e hidrocarburos a través del estrecho de Ormuz),
• El desequilibrio militar en la región producto de la posibilidad que Irán desarrolle armamento nuclear,
La religión como el lenguaje; el poder, el verdadero motor.
Es importante conocer la historia como advertencia, no como destino determinante, es por esta razón, que el estudio de las Cruzadas nos enseña algo fundamental: los conflictos más devastadores suelen justificarse con grandes relatos morales o civilizatorios, basados en la fe religiosa (la lucha contra “los infieles”), que es un elemento que eleva la dimensión del problema.
Hoy, el conflicto bélico entre Israel y Estados Unidos contra Irán y sus aliados, parece repetir ese recurrente patrón. No se declara como guerra religiosa, pero se construye en términos que evocan una lucha entre modelos de civilización: democracia versus teocracia, el mundo judeo-cristiano Occidental versus mundo islámico, el orden versus el caos.
Samuel Huntington y la posibilidad que su profecía se cumpla
Cuando Samuel P. Huntington planteó el “choque de civilizaciones”, ofreció una narrativa seductora por su simplicidad: el mundo dividido en bloques culturales enfrentados de manera casi inevitable. En 1996, “The Clash of Civilizations”, propuso una idea tan influyente como polémica: los conflictos del futuro no serían ideológicos (Como la gran mayoría en el siglo XX), ni económicos, sino culturales. Según Huntington, el mundo se dividiría en grandes bloques civilizatorios, el occidental, el islámico, el confuciano, entre otros. cuyas diferencias serían irreconciliables.
En el conflicto actual, existen elementos que permiten señalar que por los momentos no estamos en una guerra entre “Occidente” y “el Islam”. Cómo ejemplo, podemos señalar:
1- Las alianzas que existen entre Estados Unidos y varios países musulmanes;
2- Israel representa una fracción muy minoritaria de Occidente;
3- La no participación directa de Europa en el conflicto;
4- Las divisiones internas dentro del propio mundo islámico (Chiitas y Sunitas), Irán representa a los Chiitas, que son un sector minoritario del mundo Islámico
5- Finalmente, la democracia en los Estados Unidos no representa una civilización homogénea.
Sin embargo, la preocupación surge, cuando algunos actores políticos comienzan a actuar como si Huntington tuviera razón y su teoría deja de ser un análisis académico, pudiendo convertirse en una guía de acción.
De Jerusalén a Teherán: paralelismos incómodos
El enfrentamiento que se produjo en las Cruzadas no fue solo guerras santas; fueron procesos de deshumanización. La contraparte no era un adversario político al que había que vencer, sino un enemigo de la fe, alguien a quien no se le reconocía legitimidad, ni humanidad plena, así que por seguridad y para cada civilización logre sobrevivir, había que eliminar a “la otra”.
Hoy vemos ecos de esa lógica, a través de:
• Discursos que presentan al adversario como una amenaza absoluta,
• Justificaciones morales para realizar ataques preventivos contra enemigo,
• La narrativa donde negociar la convivencia, parece una forma de debilidad.
El reciente ataque de Israel y Estados Unidos contra objetivos estratégicos en Irán, seguido de respuestas militares en cadena, no puede entenderse únicamente como una operación táctica. Es también un acto cargado de simbolismo: la idea de neutralizar un “peligro civilizatorio”, para garantizar la sobrevivencia.
Del lado de Teheran, la respuesta tampoco es solo militar, utiliza también el tema económico como un recurso estratégico, ya que está consciente que la desestabilización de los recursos energéticos afecta a la comunidad internacional. Esto se constituye en una especie de resistencia frente a una agresión externa, casi como una defensa histórica frente a invasiones recurrentes de “los infieles”, además de intentar erigirse como el defensor de la civilización islámica.
Los representantes de Occidente (particularmente Estados Unidos) suelen justificar sus acciones en nombre de la seguridad, la democracia o incluso en la defensa de los derechos humanos. Pero la historia reciente muestra una aplicación selectiva de esos principios. Se condena a unos actores mientras se actúa y se tolera en algunos casos a otros actores como los gobiernos de Venezuela y Cuba.
Irán, tampoco puede presentarse únicamente como víctima. Su política regional dirigida a “desaparecer a Israel del mapa”, a través del apoyo a grupos armados, como Hezbollah, que es una organización político-religiosa chiíta con base en el sur del Líbano, cuyo nombre significa «Partido de Dios». Los Hutíes, también conocidos como Ansar Allah (Partidarios de Dios), es un movimiento chiíta en Yemen. Irán, también apoya a la organización palestina Hamas, la cual es una organización armada político-religiosa, considerada como terrorista, que es de carácter Sunita, que está en guerra y tampoco reconoce a Israel.
Además, de configurar su propio régimen político de carácter Teocrático, creado por los Ayatolas, luego de ser depuesto el Sha, en 1979. Irán mantiene su propósito de convertirse en el líder regional, lo cual es una razón adicional del problema de inestabilidad del Medio Oriente y además en el plano global, Teherán reiteradamente ha manifestado su intención de eliminar a “los infieles” y al Estado de Israel. Así que existe una constante, en la cual todos los actores utilizan narrativas superiores para justificar decisiones políticas, basadas en el tema religioso.
El mayor peligro no es el conflicto en sí, sino la idea de que es inevitable, sobre todo si estamos en presencia de actores, que se ven a sí mismos como defensores de una causa superior, que actúan en un mundo con armas nucleares, interdependencia energética y crisis globales. Razones por la cuales el conflicto deja de tener límites claros y se convierte en una lucha existencial, donde cualquier intento de negociación se percibe como traición
Es importante señalar que el conflicto actual no es, hasta ahora, un enfrentamiento entre toda “civilización occidental” contra “la civilización Islámica”. Lo cual se evidencia en el hecho de que:
1- Hay países musulmanes aliados de Estados Unidos, que incluso algunos han sido bombardeados por parte de las fuerzas militares de Irán,
2- Hay profundas divisiones dentro del propio mundo islámico, por lograr influencia regional, control estratégico y supervivencia política.
3- Hay incluso dentro de Occidente posturas divergentes sobre el conflicto, como es el caso de Europa, donde no existe un criterio único, si no diferentes posiciones y visiones en torno al mismo.
Sin embargo, el riesgo sigue latente cuando dejamos de ver a los actores como Estados con intereses y los convertimos en civilizaciones enemigas, ya que el conflicto deja de ser negociable y se vuelve permanente. Cuando un conflicto se presenta como una lucha entre “fieles” e “infieles”, entre “nosotros” y “ellos”, entre “buenos” y “malos”, entre culturas incompatibles, se eliminan los matices y peligrosamente se justifica todo como:
1- La escalada militar,
2- La deshumanización del adversario,
3- La imposibilidad de negociar.
Conclusión: el pasado como advertencia, no como destino
Las Cruzadas no deben servir como inspiración, sino como advertencia. Nos recuerdan lo fácil que es convertir conflictos políticos en guerras absolutas, y lo difícil que es salir de ellas una vez que se ha cruzado esa línea.
Si el enfrentamiento entre Israel, Estados Unidos y sus aliados, por una parte y por la otra parte Irán y sus aliados, logra consolidarse como una lucha entre “modelos de civilización”, el margen de maniobra para la diplomacia se reduce drásticamente. Y en un contexto donde existen armas de alta capacidad destructiva, eso no es solo un problema regional: es una amenaza global.
El mundo actual no está condenado a repetir ese patrón. Pero para evitarlo, es necesario desmontar las narrativas simplistas, rechazar la idea del “choque inevitable” y reconocer que, detrás de los discursos grandilocuentes, lo que está en juego sigue siendo lo de siempre: poder, seguridad e intereses.
Llamar a este conflicto una nueva cruzada puede parecer exagerado.
Pero pensar que no hay elementos que justificaron las cruzadas, en ello, puede ser aún más peligroso.
Juan Francisco Contreras Arrieche
Internacionalista UCV / Magister en Seguridad y Defensa (IAEDEN- Caracas, Venezuela) / Magister en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho (Universidad Rey Juan Carlos – Universidad Francisco de Vittoria – Madrid, España) / Presidente del CODEIV / Miembro de Real-Latam.org
@jfca
