Por María Alejandra Aristeguieta

Hace unos días una turba atentó contra las instituciones de Brasil. Las instituciones, quiero decir con esto, contra los símbolos de la democracia: los poderes que representan a los ciudadanos y que garantizan la libertad, la justicia, y la igualdad ante la ley.

Los líderes del mundo entero condenaron tal acción. Algunos de manera más enérgica que otros, pero se hicieron presentes y dejaron escuchar o leer su mensaje inequívoco. Algunos, como Rusia, China o Venezuela, de manera bastante cínica, puesto que ni creen en la democracia, ni tienen instituciones democráticas. El presidente Lula, pero sobre todo la democracia brasileña, recibió un necesario respaldo.

Al mismo tiempo, en las redes se ha hablado del doble rasero con el que condenan este asalto al orden constitucional de un país, esta revuelta que atentaba contra el poder del presidente legítimamente electo (nos guste o no) en contraste con la indiferencia, tibieza o el simple silencio ante hechos en la región que también han atentado contra el Estado de Derecho, las instituciones, el orden constitucional y la democracia.  Una rápida búsqueda en Google y confirmamos que casos como el que recientemente se vivió en Perú no recibió la misma atención, y hasta, por el contrario, una vez que se había destituido al presidente que intentó un autogolpe de Estado, muchos gobiernos y líderes regionales condenaron su destitución sugiriendo un golpe de Estado al presidente (que venía de quebrantar el orden constitucional). Y en ese mismo orden de ideas, ni que decir de las poquísimas condenas cuando las hordas chavistas asaltaron el parlamento venezolano. Había que arrancarle una declaración a cualquier organismo internacional salvo la OEA, y muy pocos presidentes se manifestaron directamente delegando el mensaje en sus cancillerías y embajadores.

Uno se pregunta, entonces, por qué con unos sí y con otros no. También se ve tentado a decir que se trata de una desviación ideológica, un sesgo característico de las izquierdas del mundo frente a las derechas. Pero lo cierto es que, más allá del folklore político regional, en este caso hay mucho más.

Brasil es un país con 215 millones de habitantes, su PIB se acerca a los 490.000 millones de dólares, y forma parte de las 25 economías más importantes del planeta. Como tal, integra el G20, y, junto con la India, China, Rusia y Suráfrica forma parte del BRICS, grupo informal de coordinación de posiciones originalmente en temas comerciales, pero que, con el tiempo, al igual que ha sucedido con el G20, va ampliando el número de temas abarcados.

Aunado con ello, el rol de Brasil en el mapa geopolítico mundial tiene una relevancia particular por ser uno de los nuevos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, en momentos en que es necesario abordar el fin de la invasión de Rusia a Ucrania, donde Brasil puede ser considerado como un gestor honesto porque tiene una buena relación con las democracias liberales por una parte, y con sus socios del BRICS por la otra. Pero, además, desde el punto de vista comercial, Brasil tiene excelentes relaciones con China, su principal mercado de exportación y que constituye el 25% de su comercio, y con su segundo socio comercial,  Estados Unidos, cuya política de acercamiento en la región para competir con China, se ve ahora reforzada ante la necesidad de crear un “cordón sanitario” frente a la Rusia de Putin y, por supuesto, garantizar el flujo de importaciones en momentos en que tanto el COVID como la guerra lo han impactado. Brasil es pues un actor de relevancia mundial, un socio comercial confiable y un apoyo político y diplomático en un sistema internacional que necesita de su presencia. Y que lo necesita estable y fuerte.

La amenaza a la democracia y el Estado de Derecho en América Latina nos recuerda su fragilidad y nos coloca ante la realidad de su declive mundial. Hasta hace unos treinta años, la democracia era todavía considerada como el sistema idóneo para lograr mayor igualdad, desarrollo, equidad, libertad y justicia. No en vano, una vez caída la Cortina de Hierro los países de Europa oriental que habían estado bajo el yugo del comunismo soviético dieron rápidamente los pasos necesarios para una transición democrática, lo que les permitió posteriormente a muchos de ellos unirse a la Unión Europea. Pero, fue justamente con la caída del muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y el mundo bipolar, que Estados Unidos y Europa bajaron la guardia y pensaron que el comercio y la globalización bastaban. Olvidaron que los esfuerzos democratizadores tanto en América Latina como el resto del mundo promovían una alternativa distinta a los totalitarismos de China y la URSS. Los países pasaron a ser mercados, y antes que nos diéramos cuenta, se dio prioridad al fortalecimiento de nuevas economías y con ello a nuevos relacionamientos (que han derivado en la fragmentación del poder) por encima de las bases sólidas de convivencia que entendíamos como democracia.

Por eso Brasil importa, o importa el petróleo de Venezuela en este escenario de guerra, pero ni América Latina es relevante, ni se está defendiendo realmente la democracia.

María Alejandra Aristeguieta

Internacionalista UCV, ex diplomática, consultora y analista de relaciones multilaterales.

@MAA563

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