Por Abraham Clavero Toro

Abraham Clavero Toro

El 10 de noviembre de 2009 la Asamblea General de Naciones Unidas (A/RES/64/13) proclamó el 18 de julio día Internacional de Nelson Mandela
“reconociendo la larga trayectoria como líder y promotor de la lucha por la liberación y la unidad de África, y su excepcional contribución a la creación de
una Sudáfrica no racial, no sexista y democrática.”


En diciembre del 2015 se decidió ampliar el alcance de esta decisión aprobando la Resolución A/RES/70/175 constituyéndose en unas nuevas
normativas que se conocen como «Reglas Nelson Mandela a objeto de promover condiciones de encarcelamiento dignas, sensibilizar acerca del
hecho de que los reclusos son parte integrante de la sociedad y valorar la labor del personal penitenciario como servicio social de particular
importancia”.


Según las palabras del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres el pasado 18 de julio “hoy el mundo rinde homenaje a un gigante de
nuestro tiempo; un líder con una valentía sin parangón y que alcanzó imponentes logros; y un hombre de sobria dignidad y profunda humanidad.
Nelson Mandela trabajó para superar las divisiones de las comunidades y fue un mentor de generaciones. Sigue siendo un ejemplo de moralidad y una
referencia para todos nosotros. Madiba recorrió el camino hacia la libertad y la dignidad con férrea determinación, y con compasión y amor.
Demostró que todos y cada uno de nosotros tenemos la capacidad -y la responsabilidad- de construir un futuro mejor para todos.


Nuestro mundo de hoy se ve empañado por la guerra; abrumado por las emergencias; gravemente afectado por el racismo, la discriminación, la
pobreza y las desigualdades; y amenazado por el desastre climático. Busquemos la esperanza en el ejemplo de Nelson Mandela y en la inspiración
de su visión. Hoy y todos los días, honremos el legado de Nelson Mandela por medio de la acción. Pronunciándonos claramente contra el odio y
defendiendo los derechos humanos.

Aceptando nuestra humanidad común, rica en diversidad, con la misma dignidad, unida en solidaridad. Y, juntos, hagamos de nuestro mundo un
lugar más justo, compasivo, próspero y sostenible para todos”. Varios años han pasado desde el estreno de la película “Invictus” dirigida por
Clint Eastwood y protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon que sirvió para dar a conocer diversas facetas de la figura de Mandela,
prevaleciendo su actitud conciliatoria y de unidad. Luego de tantos años injustamente en cárcel puso en práctica un proceso de reconciliación en la
sociedad sudafricana, que evitó una guerra fratricida que hubiese causado pérdidas irreversibles no solo de carácter económicas sino también humanas.
Su iniciativa de ponerse la gorra del equipo nacional de rugby, conocidos como los Springboks símbolo de la supremacía blanca y de los sectores más
retrógrados en la sociedad sudafricana, fue un acontecimiento sin parangón junto con la escogencia del anterior presidente Frederick de Klerk para las
elecciones de 1994 que sirvió para crear la primera democracia multirracial en el país africano.


Recuerdo que para ese momento escribí un artículo mediante el cual comparaba la posición altruista de Mandela que a pesar de haber pasado 27
años por defender principios establecidos en la Carta de los Derechos Humanos, puso en práctica procedimientos destinados a desmontar la
estructura social y política heredada del apartheid a través del combate del racismo institucionalizado, la pobreza, la desigualdad social y la promoción
de la reconciliación social.


En el reverso de la moneda, señalaba en ese artículo, estaba otro personaje que habiendo intentado un golpe de estado y haber pasado un tiempo
insignificante en prisión, al recuperar su libertad salió con una actitud muy diferente, prevaleciendo la de desmontar todo un sistema que había servido
para llevar al país por un proceso de desarrollo que, a pesar de sus fallas, nos había colocado como un ejemplo a seguir en America Latina.
En pleno Siglo XXI la actitud de Mandela sigue siendo reconocida por toda la comunidad internacional como ejemplo a seguir, permitió que su país se
pudiera encausarse en un proceso de reconciliación de toda la sociedad sudafricana. En cambio, Venezuela es un ejemplo de lo equivocado que estaban aquellos que nos condujeron por un proceso revolucionario pero perpetrando diversas acciones incluyendo violaciones de derechos humanos,
arbitrariedades y desafueros de diversas índole que hoy nos mantiene sumergidos en la típica situación de una nación fallida, con una diáspora de
más de seis millones de compatriotas dispersos por toda la geografía mundial y con un régimen enquistado que sigue monopolizando los poderes públicos
y haciendo caso omiso a las críticas de las que ha sido objeto por diversas instancias internacionales.


Ojalá que el nuevo Fiscal de la Corte Penal Internacional, Karim Khan, logre hacer que prevalezca el principio del Estatuto de Roma que estipula en el
Artículo 1 que “la Corte será una institución permanente, estará facultada para ejercer su jurisdicción sobre personas respecto de los crímenes más
graves de trascendencia internacional de conformidad con el presente Estatuto y tendrá carácter complementario de las jurisdicciones penales
nacionales. La competencia y el funcionamiento de la Corte se regirán por las disposiciones del presente Estatuto”.


De esta manera, el objetivo que se persigue no es imponer posiciones revanchistas, sino evitar la impunidad de aquellos que amparados por la
indiferencia y la anuencia de la justicia de un Estado cómplice llevaron a cabo crímenes estipulados en esta instancia judicial internacional. Pero por encima de todos estos aspectos, se considera que lo más difícil será reconciliar a la sociedad venezolana sembrada de profundas divergencias de la que nos habíamos liberado desde el siglo XIX con la Guerra Federal, y convertido en una en la cual independientemente de los rasgos raciales, sociales y culturales no impedían que todos nos reconociéramos y nos respetáramos. Éramos un modelo frente a lo que ha vivido y siguen viviendo otras sociedades de América Latina en las cuales persisten marcadas divisiones sociales.


En conclusión, no hay que olvidar lo que decía Mandela: “Lo más fácil es romper y destruir. Los héroes son los que firman la paz y construyen”.

Abraham de J. Clavero Toro

Twitter @Abrasof2320


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