Por Luis Daniel Álvarez V.

Luis Daniel Álvarez V

Hace cuatro años iniciaba para Brasil una época que no ha podido superar. El país estaba
sumido en una contienda electoral en la que los matices desaparecieron y las pugnas
marcadas irrumpieron de manera feroz. La disputa entre Jair Bolsonaro y Fernando Haddad
–quien cada vez que podía recalcaba que era el candidato de Lula
– suprimieron cualquier
atisbo de alternativa, llevando al país a una escogencia entre blanco y negro que tiró por la
borda a las otras propuestas que se presentaban. En una contienda en la que los programas
se desdibujaron, dando paso al lugar común, el militar retirado y polémico político derrotó
al candidato que se vendía como la continuidad de Lula.

Uno de los perfiles más castigados por la antipolítica fue el de Geraldo Alckmin, a juicio de
algunos analistas, el candidato más preparado en esas elecciones. Su experiencia lo ha
llevado a tener responsabilidades legislativas y ejecutivas, además de contar en ese
momento con el respaldo de estructuras relevantes como el Partido de la Social Democracia
Brasileña (PSDB) y Demócratas, entre otras agrupaciones. Sin embargo, lo que sin lugar a
dudas hubiese podido resultar ventajoso, se convirtió en una visión negativa en la que al
aspirante se le asociaba con una postura tradicional y de una era política que, a juicio de
buena parte del electorado, debía ser superada. El candidato no alcanzó ni el 5% en la
primera vuelta, quedando relegado al cuarto lugar.

Desde aquel momento, mucha agua ha corrido por la política brasileña, sin que el país logre
superar la dicotomía en la que quedó inmerso en 2018, con la diferencia de que quien
enfrentará a Bolsonaro, quien busca la reelección, no será alguien que promueva la visión
de Lula, sino que el mismo expresidente y líder del Partido de los Trabajadores será el
abanderado de su organización. Lo funesto del escenario es que no hay matices ni colores.
Todo queda circunscrito, nuevamente, a un ejercicio del sufragio en el que se haga lo
necesario, no para que gane el propio aspirante, sino para que el otro pierda.

En medio de toda la dureza que se asoma, de ataques destemplados, de dudas
institucionales y de una violencia que emerge con peligrosidad, Lula ha dado un paso
interesante que podría llevarlo a la victoria. En una habilidosa maniobra ha optado por
designar como su compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, quien hace un tiempo
abandonó su partido, el PSDB, afiliándose al Partido Socialista Brasileño
. Con esta
decisión el exmandatario envía un mensaje de moderación, de necesidad de entendimiento
y de enfrentamiento conjunto contra Bolsonaro y su visión, tarea en la que eventualmente
figuras emblemáticas como el expresidente Cardoso o sectores aledaños a Ciro Gomes,
parecieran coincidir, al menos en una segunda vuelta donde prefieren que pierda el actual
jefe de Estado.

Alckmin aportará tranquilidad y sosiego a un Lula que, pese a las marcadas polémicas y
señalamientos, regresa con experiencia y que se nutre del desastre de los últimos cuatro
años.
Tan acertada será la escogencia del compañero de fórmula, que sectores radicales del
Partido de los Trabajadores han criticado a su líder, recordando a Temer y su acción contra
Dilma Rousseff. Pero la decisión resulta mucho más favorable y le trae al abanderado del
Partido de los Trabajadores más beneficios que costos. La moderación de Alckmin no solo
puede agilizar el retorno de Lula al poder, sino ser un factor que se convierta en llamados
de alerta a tentaciones arbitrarias y a guiños a experiencias traumáticas en la región. El gran
reto del candidato a vicepresidente, una vez llegue, será hacerse oír. Conociendo a Alckmin
y viendo su perfil, lo logrará y conociendo a Lula y viendo su evidente habilidad política, lo
escuchará.

Luis Daniel Álvarez V.

Internacionalista UCV, Doctor en Ciencias Sociales. Profesor en la UCV y UCAB. Director de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV. Secretario General del CODEIV


correoacademicoldav@gmail.com
@luisdalvarezva

Deja una respuesta