Por Helianny Quintero

La globalización como proceso dinámico de interconexión universal ha facilitado las relaciones entre los seres humanos en todos los ámbitos posibles, generando mayor interdependencia en el mundo y aminorando la importancia de la distancia, el espacio y las divisiones territoriales. A partir del nacimiento del internet se han reconfigurado las relaciones internacionales contemporáneas, permitiendo la institución de un mundo cada vez más tecnológico que, si bien alcanza parcialmente ciertas zonas geográficas del planeta, promovió el surgimiento de un ideal entre eruditos en relaciones internacionales, politólogos, economistas e incluso científicos, quienes consideran la creación y el avance de las redes de interconexión mundial como un fenómeno indescriptible para el avance de las sociedades.

No obstante, a pesar de que la interconectividad mundial, la cual afecta directamente a los individuos de sociedades desarrolladas, los Estados-Nación, que conforman un orden global fundamentalmente interrelacionado, permanecen peligrosamente vulnerables ante el empleo de la tecnología digital como instrumento de agresión y control, capaz de mitigar capacidades militares y perjudicar instituciones nacionales e internacionales.

Este fenómeno recibe el nombre de “ciberataques” o, en el contexto de un conflicto internacional, guerra cibernética, conceptualizada como el empleo de herramientas digitales e informáticas para acceder, afectar o destruir sistemas electrónicos del enemigo y proteger la operatividad de los propios. Por esto, en un mundo globalizado, el ciberespacio posee las condiciones para llevar a cabo ataques a distancia que no impliquen la movilización de tropas de combate o la planificación de estrategias de ataque violentas contra el enemigo. Empero, puede ocasionar los mismos efectos y consecuencias que un conflicto convencional, considerándose como una manera menos costosa y menos sangrienta de hacer la guerra.

Es importante mencionar que los ataques cibernéticos, que configuran una manera más viable y menos compleja de alcanzar los objetivos geopolíticos de un Estado o los motivos particulares de un grupo independiente, pueden proceder sin obstáculo alguno, son complicados de prever, cibernéticamente imperceptibles, complejos para reaccionar y su impacto afecta inmediata y sorpresivamente al objetivo predeterminado, cumpliendo a cabalidad los parámetros de la guerra asimétrica en el nuevo orden mundial bajo una dimensión sin fronteras.

Tomando en consideración esto, desde la Guerra Fría los programas más innovadores, codiciosos y reservados se relacionan directamente con el espacio cibernético y el desarrollo de herramientas digitales modernas capaces de desarticular los sistemas de defensa enemigos, inmiscuirse en las redes de comunicaciones contrarias, contrahacer información importante para las instituciones internas e, incluso, desestabilizar los servicios básicos de un país, promoviendo el caos social. Tomando en cuenta este factor, un gran compendio de Estados han orientado sus políticas internas a reclutar individuos y organizaciones con conocimientos técnicos en el área informática para crear ejércitos de cibersoldados que puedan defender la seguridad interna de los Estados y hacer frente a las amenazas que suscitan el crecimiento tecnológico, a la par de generar sistemas de ofensas contra sus enemigos.

En este sentido, el ciberespacio está convirtiéndose en el nuevo escenario de los conflictos entre las naciones y, debido a su propia esencia, el internet se ha postulado como la mejor opción para llevar a cabo acciones bélicas sin obstáculo alguno, llevando la carrera armamentística al siguiente nivel. Sin embargo, es menester recordar que este nuevo tipo de conflictos, en los que combaten los algoritmos más avanzados, pueden desatar una respuesta en cualquier dominio de la guerra, ya sea terrestre, marítimo, aéreo o espacial, por lo tanto, las consecuencias de los ataques cibernéticos pueden ser catastróficos para el statu quo imperante en el sistema internacional contemporáneo.

En la actualidad, gracias al desarrollo de un nuevo escenario mundial unipolar tras la Segunda Guerra Mundial, EUA se ha erigido como la columna vertebral de la comunidad internacional, lo cual le ha permitido ser el epicentro de desarrollo de tecnologías avanzadas y la sede de científicos emprendedores apasionados por la era digital; aunque a la par se convierte en el país más vulnerable al uso de herramientas digitales con fines militares, estratégicos y geopolíticos.

Por consiguiente, EUA ha atribuido funciones inherentes al resguardo de la ciberseguridad a departamento encargados de velar por los intereses del Estado en materia de defensa, aunado a la creación de comando unificados responsable de prever ataques cibernéticos, formular estrategias digitales, ejecutar respuestas cinéticas ante intromisiones o agresiones y proteger la seguridad dentro del quinto dominio bélico empleado por actores para alcanzar objetivos económicos, sociales y políticos, destacando el Departamento de Defensa (DoD), la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Comando Cibernético de EUA (USCC), el Comando Cibernético del Ejército de EUA (ARCYBER) y la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad (CISA).

En consecuencia, ahora más que nunca la ciberguerra parece ser el futuro más cercano para la consecución de los objetivos geopolíticos a través de acciones hostiles o, en otras palabras, la guerra del siglo XXI, ya que en un mundo cada vez más interconectado, donde los sistemas digitalizados controlan una inmensa mayoría de los servicios básicos de las sociedades y garantizan la seguridad nacional, la vulnerabilidad frente a ataques cibernéticos aumenta minuto tras minuto.

La complejidad en la configuración de los conflictos germinados en el espacio cibernético sobrepasa el conocimiento teórico y empírico de los hombres, incluso estrategas militares ilustrados en las capacidades digitales, caracterizadas por su alta especialización funcional y naturaleza dual, tienen problemas en comprender el arte de manejar y dirigir un conflicto cibernético, como consecuencia de la creatividad e invención de los actores, enfocados en diseñar nuevos métodos, herramientas y estrategias para confrontar la legalidad en pleno auge de la revolución científico-tecnológica, que ha provocado una transformación trascendental dentro de las relaciones internacionales y el comportamiento geopolítico de los Estados.  

En conclusión, el internacionalista, en ejercicio de sus funciones, debe aminorar el empleo de medios bélicos que motiven ataques y/o destrucción de infraestructuras electrónicas críticas, incentivando la modernización del derecho internacional público a través de la codificación de normativas jurídicas universales y un marco legal global armonizado, que regulen la seguridad cibernética e incluya disposiciones para la cooperación y asistencia dentro del espacio cibernético, respetando la privacidad y derechos humanos de los usuarios. A su vez, es imprescindible que el profesional de estudios internacionales y profesionales en demás ciencias especializadas en la seguridad y defensa internacional, comprendan el ciberespacio como el campo de batalla del siglo XXI que funge como zona de guerra en la era digital, con el fin de proporcionar estrategias adecuadas para la solución pacífica de conflictos entre los Estados afectados e incentivar la paz internacional.  

Helianny Quintero

Internacionalista USM

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