COLEGIO DE INTERNACIONALISTAS DE VENEZUELA (4)

Por Gonzalo Álvarez Domínguez

No hay duda alguna de que los adelantos tecnológicos han alcanzado un auge en los últimos tiempos y entre ellos se encuentra la inteligencia artificial. Con ella, existente hace pocos años en la mente acuciosa de algunos, se ha pretendido beneficiar a la humanidad, pero al hacerse realidad, ha producido peligros e inquietudes de gran magnitud.

Hacia mediados del siglo pasado, circuló un álbum de cromos o barajitas, como los solíamos llamar, donde se auguraba que ya no sería necesario caminar por las calles, pues las aceras serían automáticas, igual a las escaleras eléctricas; las labores domésticas estarían a cargo de robots; los vehículos volarían como aviones: estos últimos serían sin pilotos y, en fin, muchas otras cosas que solo se percibían en la imaginación.

Todo ello y mucho más, en pocos años se ha hecho realidad. No hay ningún aeropuerto en los países desarrollados que no tenga pasarelas eléctricas para que los pasajeros se dirijan de una puerta a otra. De igual manera, existen ofertas de “robotinas” – nombre que le daba a la robot, en la versión en español de los dibujos animados del siglo veinte que predecían el futuro entonces lejano- que lavan ropa, planchan, cocinan y hasta le dan café a sus dueños. Incluso, se proyectan autos voladores, se hacen vuelos en naves no tripuladas por seres humanos, se construyen autos sin chofer, se utilizan drones para hacer grabaciones u otras funciones, se hacen intervenciones y tratamientos quirúrgicos a través de máquinas, y se adelantan muchísimas cosas que antes eran inconcebibles. Todas ellas, desde ese punto de vista, sin lugar a duda, favorecen a la humanidad.

Sin embargo, también se crean problemas. Con todos los adelantos ha aumentado la producción de desechos. Por ejemplo, cada día se fabrican cosas superiores a las anteriores y las “viejas” se hacen obsoletas y se descartan. Además, se aumenta el sedentarismo y hay cada día más personas obesas, incluso entre las de menor edad. Fuera de ello, se ha suplantado al hombre en sus funciones, haciendo crecer la pobreza y la desigualdad, pues no todos tienen acceso a una máquina que los ayude o a disponer de los medios financieros para sufragar los gastos que acarrea una operación quirúrgica efectuada por sofisticadas máquinas.

Por supuesto, hay muchas otras dificultades y riesgos en todo ámbito y así lo vemos en el campo jurídico. Si ya no va a haber un ser humano en el trabajo porque va a ser sustituido por una máquina que no se enferma ni tiene descanso, ¿de quien es la responsabilidad de los daños que pueda acarrear? ¿Existen normas jurídicas al respecto de la relación nueva que surge entre hombre y máquina?

No se trata solo de un problema jurídico, pues también hay incidencias éticas que corresponden a la Filosofía, como sucede con la utilización de los drones con fines bélicos, los cuales no distinguen si su objetivo son civiles inocentes e incluso niños; o con la manipulación del ADN sólo para cambiar la fisonomía de un feto.

Sería muy largo enumerar los aspectos negativos derivados de la tecnología y de la inteligencia artificial, pero sin duda son numerosos y de distinta especie. Eso nos hace plantear el dilema a que se hace mención en el título de este artículo. Por una parte, produce grandes beneficios, pero por la otra surgen riesgos y peligros para la humanidad. De esta manera, la pregunta que se hace es si se detienen los adelantos o si se deja que vayan deteriorando a la especie humana.

La respuesta es mas sencilla en la teoría que en la práctica. Nada puede detener el auge de la inteligencia artificial y su desarrollo y progreso, pero hay que reflexionar sobre sus peligros y en forma multidisciplinaria, buscar los correctivos, la legislación necesaria y los controles para minimizarlos y así tendremos un mundo en el que el ser humano continúe viviendo. De no hacerlo, una “rebelión de las máquinas”, no será una únicamente un macabro argumento de una película de terror.

Gonzalo Álvarez Domínguez

Abogado egresado de la UCV en 1968, con título homologado en Colombia. Magister de la Corporación Universitaria Minuto de Dios y Especialista de la Universidad de Medellín. Miembro Honorario del Colegio de Internacionalistas de Venezuela y de la Asociación Latinoamericana de Comunicación y Análisis Político (ALCAP). Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia designado y juramentado por la Asamblea Nacional de Venezuela en julio de 2017. Profesor universitario.

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