De Israel, Palestina y Oslo ¿Quo Vadis?

Por Agustin Urreiztieta

Agustín Urreiztieta

Mas allá del barrage de misiles Qashams, lanzados de manera oportunista por el Hamas, y el espectacular despliegue de tecnología israelí para su defensa a través de su “Cúpula de Hierro”, la crisis actual no es parecida a ninguna de las rondas anteriores de violencia sufridas por civiles palestinos e israelíes. Este no es otro 2014, ni otro 2009, ni otra Segunda Intifada. Es algo nuevo. En pocos días el conflicto permeó entre israelíes y palestinos en Jerusalén Este, entre árabes y judíos en otras ciudades dentro de Israel y entre Israel y Hamas. Se han abierto varios frentes simultáneos.

La escalada del conflicto actual es el claro resultado del agotamiento político tanto del sistema de partidos de Israel (actualmente intentando formar gobierno) como de la decadente dictadura unipartidista del movimiento nacional palestino.

Por largo tiempo, los antagonistas de línea dura del conflicto han tratado de eliminar o al menos desdibujar la “Línea Verde”, el trazo que separaba a Israel de Jordania y Egipto antes del 4 de junio de 1967, que asimismo es la línea que delimitaba la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza post 1967. Los responsables de ambos lados difuminan la línea de los mapas oficiales y de los libros de texto, y los activistas esgrimen consignas como “empujarlos al mar” o “ningún asentamiento es ilegal”. Frente a tales presiones, desde 1993 hasta 2020, se preservó el compromiso de los líderes israelíes y palestinos de negociar el fin del conflicto mediante un arreglo territorial, comúnmente conocido como la “solución de dos Estados”, lo cual es a lo que los extremistas de ambos lados apuntaban por años, y ahora, por fin, han conseguido hacer tambalear.

Por un lado, en Israel, con el apoyo entusiasta del dúo Donald Trump y su yerno Jared Kurshner, en una evidente muestra de diplomacia paralela desde la Casa Blanca, claramente se apuntó al fin de los acuerdos de Oslo de negociar territorios y límites. La idea de la anexión del territorio de Cisjordania por parte de Israel fue otro golpe certero a la legitimidad ya hecha trizas de la autoridad palestina en Ramallah. No obstante, al suspenderse la anexión en agosto de 2020, las aguas parecieron volver a su cauce. Desafortunadamente, el daño estaba hecho, el abandono israelí del compromiso negociado, junto con la expansión continua de los asentamientos y la reubicación forzosa de familias palestinas en Jerusalén Este y comunidades en Cisjordania, allanaron el camino a una nueva crisis. Dejó inevitablemente obvio lo que era meridiano para muchos: que el marco de Oslo se había agotado y que la razón fundamental del orden imperante en Cisjordania, incluida la existencia de la Autoridad Palestina, había desaparecido.

Los Acuerdos de Oslo de 1993, gusten o no, pusieron límites a un conflicto que había generado guerras de gran magnitud desde 1948 (Independencia, Seis Días, Yom Kipur, entre otras), junto con incontables actos de terrorismo y asesinatos de corte internacional y gran impacto mediático. El apoyo de la comunidad internacional fue vasto y plural, sin duda un gran esfuerzo. Sin embargo, para tragedia de miles, desde 1993 la comunidad internacional observó, impotente, los conflictos puntuales y la violencia terrorista que cegaron miles de vidas, junto con el crecimiento en influencia, capacidad bélica y control de territorio de Hezbollah y Hamas, así como la continua expansión israelí de los asentamientos judíos y la población judía en Cisjordania. La Autoridad Palestina, institución creada por los Acuerdos de Oslo, apuntaba a cierto nivel de autonomía administrativa y, por qué no, de ejercicio oficioso de la “soberanía” abandonada por Israel como parte del acuerdo. Esta novel institución sufrió de la misma enfermedad de otras experiencias de “autodeterminación”, a saber, disputas intestinas inacabables, corrupción, ausencia de transparencia y, ante la inoperancia estructural, la imposición de decisiones a través de un aparato represor implacable.

Y aquí, las preguntas políticas ante la crisis actual, ¿qué papel ha jugado el presidente de la autoridad nacional palestina Mahmud Abbas? Más allá del rol deslucido, clara señal de la dramática ausencia de recursos, de la dependencia de Israel, de la carencia de legitimidad e influencia, por demás agravada por la violencia del Hamas, ninguno determinante. Y ¿cómo sorprenderse de la inacción de un presidente exangüe de 85 años y en el poder desde el 2004? En julio 2021, finalmente, habrá elecciones en Palestina, nueva sangre ¿relevos con otras perspectivas? Panorama incierto, al observar el control hermético del partido del Presidente Abbas (Fatah) sobre el sistema, a tal punto que uno de los candidatos prominentes es nada menos que un sobrino de Yasser Arafat.

Por el lado de Israel, las cosas no apuntan a horizontes más claros. Benjamin Netanyahu, de 71 años, tecnócrata eficiente y en el poder desde 2009 se encuentra asediado por escándalos variados, denuncias, gobiernos organizados in extremis, con frágiles coaliciones, busca en este momento de conflicto vestirse de legitimidad. La crisis pilló a Israel en medio de álgidas negociaciones para formar gobierno, una vez más. El conflicto en Gaza se convirtió rápidamente en asunto de política interna. Surgen voces en contra del establishment, el bipartidismo tradicional Likud – Laborista no convence y el auge progresivo de nuevos movimientos políticos teñidos de religión añaden mayor tensión al sistema. Dependiendo de cuan airoso resulte Israel, la situación política de Netanyahu será definida.

Por último, el papel de los Estados Unidos bajo la influencia de un presidente “moderado”. En efecto, el Presidente Joe Biden no se muestra tan proclive al desarrollo hostil a Oslo por parte del gobierno de Israel, pero igual apoya su “derecho a la defensa” ante Hamas y siguen los Estados Unidos siendo un aliado fundamental. No obstante, mantiene la solución de los dos Estados y adicionalmente se dispone con delicadeza a hacer tragar otra píldora diplomática a Israel al propiciar el acercamiento de los Estados Unidos con Irán y unirse de nuevo al acuerdo nuclear del 2015. Al mismo tiempo, intenta salvar la cara y funge, dentro de la lógica del Partido Demócrata, como el fiel de la balanza entre un ala centrista apegada a la defensa de los derechos humanos, la libertad y la democracia y un ala izquierda más sensible a la igualdad y la justicia social, muy sensible a las imágenes de un conflicto al estilo David contra Goliat.

Ante estos escenarios, la solución de los dos Estados tiene un futuro incierto.

Por Agustin Urreiztieta

Abogado especializado en banca y finanzas con enfoque en América Latina. Ha ocupado posiciones ejecutivas en bancos y despachos internacionales en Luxemburgo, Nueva York, Ginebra, Zurich y Panamá. Apasionado observador de la escena internacional, obtuvo un Máster en Finanzas de la Universidad de Rochester (2018), Máster en Administración Internacional de la Universidad Paris 1 Panthéon-Sorbonne (1994), Abogado Universidad Santa Maria (1992) y Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad Central de Venezuela (1991)

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