Por María Alejandra Aristeguieta

Bali es el centro de la atención mundial en esta semana por ser sede de la Cumbre del G20 que se celebra en esa isla del sur de Indonesia, cuyo gobierno ocupa la presidencia pro tempore del grupo.

El G20, foro surgido de la necesidad de coordinar esfuerzos ante la crisis financiera de finales del siglo pasado y posteriormente del 2008, ha sido con frecuencia visto como el “club de los ricos”, al contar entre sus miembros a las 20 economías más importantes del planeta, que mueven cerca del 80% del comercio y cuentan con más de la mitad de la población mundial.

Aunque se trata de una alianza bastante flexible e informal que no surge de un tratado internacional como la ONU ni tiene un cuerpo de normas que lo rijan, el G20 se ha convertido en una referencia entre tantos grupos de diplomacia multilateral. Originalmente centrado sobre todo en intentar coordinar esfuerzos globales en materia financiera y económica, el foro permite abordar temas que sean de mayor interés estratégico mundial, y ayudan a crear espacios de cooperación, que, en un escenario como el de Naciones Unidas, con 193 miembros, sería imposible de lograr.

Sin embargo, debido al impacto que los temas más políticos y de seguridad tienen sobre las economías, el foro se ha ido indefectiblemente acercando cada vez más a estos asuntos. Recientemente, una gran parte de sus miembros se han enfocado particularmente en el tema de la invasión por parte de Rusia a Ucrania, debido a la crisis energética que la guerra ha desatado, así como su influencia en el aumento de la crisis alimentaria que ya se venía gestando producto de las disrupciones durante los momentos más álgidos de la pandemia del COVID-19. Esta tendencia, aunado a las reacciones que se vieron durante la reunión del mes de julio, en las que varias delegaciones se pararon y salieron de la sala ante la presencia del ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, generaron muchas dudas sobre cómo se desenvolvería el foro en esta oportunidad y cuál debería ser su agenda.

Quizás haya sido una de las razones por las que Joko Widodo, el presidente de Indonesia,  haya puesto sobre la mesa tres temas que incorporan cuestiones de mayor interés para los países en desarrollo (la mayoría de ellos ausentes de estos debates) y que deberían tener un amplio consenso para ser abordados de manera general: reforzar la infraestructura sanitaria global, asegurar una transformación tecnológica inclusiva, y promover una transición energética sostenible.

Y como suele suceder en la diplomacia multilateral, que cada quien llega con su agenda para tratar de que alguno de sus puntos sea incluido en la negociación, el secretario general de la ONU, António Guterres, también ha intentado incluir el tema climático como corolario a la reunión de la COP27, y en particular el fondo global de cooperación que promueve la ONU para lograr la disminución de la temperatura del planeta. Más aún, Guterres ha planteado de entrada abogar por una flexibilización de los impactos colaterales de las sanciones a Rusia en el suministro global de energía, alimentos y fertilizantes, para evitar una catástrofe alimentaria de características inimaginables sobre todo en África.

Lo cierto es que la invasión de Ucrania por parte de Rusia sigue siendo un tema muy importante en la agenda del G20, incluso incidiendo sobre algunas formalidades, como la foto de grupo final, por lo que será inevitable que se traiga a la mesa de discusiones multilaterales, tanto como a los encuentros bilaterales que siempre ocurren en los márgenes de este tipo de foros, pues estos son una oportunidad para buscar nuevos aliados, acercar posiciones con miras a resolver primero bilateralmente algo que luego se debata ya cocinado a nivel multilateral, o incluso determinar dónde están los límites dentro de posiciones antagónicas y qué espacio hay para que esos temas antagónicos no obstaculicen las soluciones a otros temas.

Un buen ejemplo de esto es la reciente reunión celebrada en vísperas del inicio de la Cumbre de Presidentes del G20 entre Joe Biden y Xi Jinping el día lunes 14. De acuerdo con lo expresado por ambas delegaciones, en la misma se buscaron acercamientos para resolver la crisis energética y alimentaria causada por la guerra de invasión a Ucrania. Y es que, aunque ambas delegaciones se refieren de manera diferente al fondo de los temas tratados en la reunión que duró más de tres horas, lo que trasluce es que abordaron las posiciones de ambos sobre Taiwán, tema de gran antagonismo entre ambos países, y sobre Rusia, asunto sobre el que también tienen grandes diferencias, pero algunas coincidencias en cuanto a las consecuencias de la guerra a nivel mundial y su impacto en la economía y el comercio internacional de ambos países. Aunado con ello, destacaron como prioritario fortalecer las relaciones bilaterales (que están en este momento en su punto más bajo), en especial, las económicas y comerciales. En su rueda de prensa, Biden dijo haber insistido en la competitividad evitando el conflicto, mientras que Xi habla de espacios de crecimiento económico compartido donde ambos países pueden ganar.

En suma, lo que se desprende de esta reunión bilateral es que parece ser un punto de inflexión que llevaría las relaciones de las dos economías más grandes del G20 –y del mundo– a una nueva etapa, que podría incluir espacios de cooperación con miras a minimizar o revertir el impacto de la guerra en Ucrania en sus exportaciones.

Si se logra profundizar en este aspecto, lo veremos reflejado, así sea someramente, en el documento resultante de la Cumbre del G20.

Y nos acercará, un poco más, a la esperanza de paz.

María Alejandra Aristeguieta

Internacionalista UCV, ex diplomática, consultora y analista de relaciones multilaterales.

@MAA563

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